Si no cortáramos ni uno sólo de los pelos que nacen en nuestra cabeza, si no estuviera biológicamente muerto: el pelo pelearía. Vivo, podría envolver con su crecimiento y batallar con terminaciones nerviosas, comprometiendo a todo el organismo.
Al surgir poderoso, podría romper la paz entre lo real y lo imaginario. Atacando esa hostilidad que se opone entre el hombre y el dios. Y fruto de esa lucha, podría nacer la "superheroína" más que una mujer y menos que una diosa. Como ha nacido, en este retrato, la reina vikinga.
"Hårstrå-ram-Hårnål", conocida por su ferocidad en combate y su armadura de pelo. Su propio pelo.
Recuerdo lo rabiosa que me ponía de pequeña, cuando me peleaba con las compañeras del colegio tirándonos de las coletas; o cómo lloraba cuando mi madre todas las noches me cepillaba el pelo lleno de tirones. Estoy segura de que si mi pelo no hubiera estado dormido, insensible, se habría armardo con toda su potencia para defenderme.
Tan solo el reflejo de un tirón en una larga cabellera "viva", haría florecer el instinto de la mujer guerrera y entonces, no lo cortaríamos buscando nuevos looks. Nos valdríamos de él para protegernos como Sansón y embellecernos con su viveza como Medusa. En cada mechón podríamos guardar recuerdos, (como todas esas horas que me pasé jugando a hacerle peinandos a las muñecas) o echar semillas, que entre abril y mayo florecieran.
"Por los pelos" viene al caso este refrán de lluvias: "Agua de mayo hace crecer el cabello y no hace daño"
En esta época, el agua será buena si me dejo crecer y puedo jugar con mi melena (ésa que siempre me ha caracterizado tapándome la cara). Inventándome que bajo la lluvia, estoy "rompiendo el cascarón" de este quinto més en el que cumplo un año más, ya con un par de canas. Y del que nazco como guerrera de mayo (que vale para todo el año).