Salgo a que me dé el aire, antes de que termine el verano. A escuchar “algo” de todo lo que la madre naturaleza tiene que decir.
Toda esa mole de roca es movimiento que ahora está quieta.
El campo lleno de hierbas… y aparentemente firmes, esas zonas que están en crecimiento. Misterios gigantes, las montañas no son solo lo que ves, cuánto más alta es una montaña más raíces tiene bajo tierra. Toda esa quietud provoca movimiento y parece que te está retando a su ascenso.
Entonces da gusto levantarse, bien temprano cuando todavía refresca, para subir a la más cercana; ésa que tenemos a tiro de piedra. Mi padre nos guía con los primeros rayos de sol, subiendo por la senda como cabras montesas. Hacia esa cima, tan alta como la luna, cuando la miras al levantar la vista ya empezada la excursión. Los pies tropiezan con cada peligro, las manos arrancan romero. El monte guarda todos los árboles formando cementerios y mantiene secretas sus cuevas. Ningún almuerzo sabe tan triunfal, como éste ya en la cumbre, con viento y vistas. La bajada contrapicada, buscando la sombra de cada árbol en el camino, agotando los litros de agua que nos ayudan a seguir. Una vez en la aventura, lo que importa es cada paso, sin pensar en que sea colina o llano, sin pararte a pensar de dónde vienes o a dónde vas.
“Así el noble no va en sus pensamientos más allá de su situación. Todo pensar que trasciende el momento dado, tan sólo hiere al corazón.”
Richard Wilhelm - I CHING
Si te llaman con su aquietamiento, tienes que ir. Montañas unas junto a otras que provocan pasiones, no esporádicas o aficionadas, como la nuestra. Sino con rabiosa fuerza, que provoca en montañeros, volcanes de fe en la naturaleza tan fuertes, que son capaces de morir por ellas, como el desaparecido alpinista alcoyano que se tragó Gasherbrum II. O sobrevivir a su colosal silueta como “El Triunfo del Espíritu Humano” en la Cordillera de los Andes de la película “Viven”.
Así de titánica es su grandeza, el mismo viento que ahora alivia y refresca una noche de bochorno, al día siguiente sopla a más de 80 kilómetros por hora. Enciende hasta empujar el calor, animando incendios forestales como los de este verano (provocados o no, por el hombre) que han durado días y se han llevado por delante miles de hectáreas de monte, han atrapado trágicamente a bomberos entre humo y calcinado casas. O nos aprisiona en pleno “Festival de Benicassim”, desmontando carpas, escenarios y arremolinándonos dentro de las tiendas de campaña, para que no salieran volando a las 3 de las mañana.
No me imagino este hogar sin montañas. Cielo en la cima, si te dejas llevar por el viento.
La montaña tan lejana y grande en el horizonte, siempre parece futura. Si uno quiere hacerla presente, tiene que conquistarla.
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